El japonés se basa en una característica de este fluido hasta ahora no contemplada: su capacidad de “sentir”. Dicho así suena extraño, pero a través de sus fotografías de gotas de agua sometidas a distintas emociones ambientales muestra que, dependiendo de estas, el agua cristaliza en formas perfectas y bellas o bien todo lo contrario.
Estas fotografías han sido publicadas en su libro Los Mensajes del Agua.
Sus teorías han sido calificadas por muchos de pseudocientíficas y sus conclusiones de controvertidas e inválidas.
Puede que tengan razón. Pero independientemente de que creamos o no lo que la ciencia no ha podido comprobar ni explicar a través de hipótesis y leyes, debemos tener algo en cuenta.
Nuestro cuerpo está compuesto de agua en un 70%. ¿Sufrirá también estas modificaciones al ser sometido a los factores externos?
También la Tierra es agua en un 70%. ¿Y alguien duda de que en la última década no ha dejado de quejarse por las continuas agresiones a que la sometemos?
Dicen que la música amansa a las fieras, y que los animales de granja producen más y mejor escuchando a Mozart.
Hablan del poder de la mente para materializar o generar en el plano físico las proyecciones que alberga si estas son sinceras e intensas. La alegría se contagia y el pesimismo o el fracaso se alimentan de sí mismos y crecen exponencialmente.
Es decir: los sonidos, los sentimientos y los factores ambientales nos afectan.
¿Nos interesa correr el riesgo de no dejar un pequeño resquicio a la duda acerca de las teorías de Emoto y desestimarlas por completo, solo porque la ciencia híper racionalista nos diga que no hay pruebas suficientes?
Aceptar lo establecido sin dar opción a nuevas corrientes implica frenar el motor del avance y el cambio.
A fin de cuentas, tampoco tenía pruebas Colón de que la tierra fuese redonda, y mira donde llegó.



